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Las personas aplican de manera selectiva sus principios morales, excusando comportamientos indebidos cuando les conviene. Identificamos una fuente poco valorada de esta inconsistencia moral: la capacidad de imaginar contrafactuales, o alternativas a la realidad. El pensamiento contrafactual ofrece tres fuentes de flexibilidad que las personas explotan para justificar conclusiones morales preferidas: las personas pueden (a) generar contrafactuales con contenido diferente (por ejemplo, considerar cómo las cosas podrían haber sido mejores o peores), (b) pensar sobre este contenido utilizando diferentes procesos de comparación (es decir, enfocarse en cómo es similar o diferente a la realidad), y (c) otorgar a los resultados de estos procesos diferentes pesos (es decir, permitir que los contrafactuales tengan más o menos influencia en los juicios morales). Estas fuentes de flexibilidad ayudan a las personas a justificar comportamientos no éticos y pueden alimentar conflictos políticos. El razonamiento motivado puede estar menos limitado por los hechos de lo que se asumía anteriormente; la capacidad de las personas para condenar y perdonar a quienes desean puede estar limitada solo por su imaginación.
Effron et al. (Wed,) estudiaron esta cuestión.