El desarrollo y la aplicación de la Inteligencia Artificial (IA) en la práctica legal representan uno de los desafíos tecnológicos más significativos de la era moderna. Su principal ventaja radica en la capacidad de automatizar procesos legales que de otro modo requerirían un tiempo y recursos sustanciales. Sin embargo, este avance tecnológico plantea simultáneamente numerosos problemas legales, éticos y sociales, particularmente en el contexto del derecho contractual y la responsabilidad en la toma de decisiones. La Inteligencia Artificial puede ayudar a identificar errores, cláusulas inaplicables e inconsistencias legales, pero aún carece de la capacidad para interpretar adecuadamente las intenciones y la voluntad de las partes contratantes, un elemento esencial de la interpretación legal. Además, la falta de transparencia en el funcionamiento algorítmico crea el riesgo de decisiones sesgadas o inadecuadas, cuyo origen suele ser difícil de determinar. Aunque la IA contribuye a una mayor eficiencia en la redacción de documentos legales, acelera el análisis de actos jurídicos y permite una investigación legal más rápida, la sustitución completa de la intervención humana en el ámbito legal sigue siendo imposible. La capacidad humana para el razonamiento abstracto, el juicio ético y la comprensión de relaciones sociales complejas sigue siendo insustituible. El futuro de la profesión legal no debería verse como una confrontación entre humanos e inteligencia artificial, sino como un proceso de cooperación responsable y equilibrada. Los abogados que dominen el uso de herramientas de IA serán más competitivos y exitosos, y su capacidad para evaluar críticamente los resultados generados por la IA se convertirá en una habilidad profesional clave en un futuro cercano.
Igor Kambovski (mié,) estudió esta cuestión.