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El populismo, entendido como un llamado a ‘la gente’ en contra de la estructura de poder establecida y de las ideas y valores dominantes, no debe ser desestimado como una forma patológica de política sin interés para el teórico político, ya que sus pretensiones democráticas plantean cuestiones importantes. Adaptando la distinción de Michael Oakeshott entre ‘la política de la fe’ y ‘la política del escepticismo’, el documento ofrece un análisis de la democracia en términos de dos caras opuestas, una ‘pragmática’ y la otra ‘redentora’, y sostiene que es la tensión ineludible entre ellas lo que hace del populismo una posibilidad perenne.
Margaret Canovan (Mon,) estudió esta cuestión.