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La Unión Europea (UE) ha experimentado recientemente una expansión sustancial en el número de sus estados miembros, llegando a 25. Las diversas instituciones de la UE enfrentan serios problemas de lengua, con 20 idiomas reconocidos por la UE como "idiomas oficiales y de trabajo", todos con derechos iguales en principio. Para superar estos problemas, parece que restringir el número de idiomas es la solución, pero resulta difícil idear una política restrictiva efectiva y aceptable. ¿Hasta dónde se puede reducir el número de idiomas de trabajo? ¿Se debe aplicar tal reducción de manera indiscriminada a todas las instituciones? ¿Qué idioma(s) debería(n) seleccionarse como idioma(s) de trabajo? ¿Cuál es el futuro del alemán en este contexto, teniendo el mayor número de hablantes nativos dentro de la UE pero careciendo del prestigio de inglés o francés? La perspectiva desde la cual se abordan estas preguntas es, principalmente, la del lingüista (aplicado).
Theo Els (Tue,) estudió esta cuestión.