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DENTRO DEL ÁMBITO DE LA LITERATURA, 'narrativa' puede definirse simplemente como la representación de un evento real o ficticio o serie de eventos mediante el lenguaje, y más específicamente por el lenguaje escrito. Esta definición formal común tiene el mérito de ser obvia y simple. Quizás su principal inconveniente es precisamente que se encierra a sí misma y a nosotros dentro de la evidencia. Esta definición enmascara aquello que en el propio ser de la narrativa crea problemas y dificultades al desdibujar de alguna manera los límites de la práctica narrativa, las condiciones de su existencia. Definir la narrativa formalmente es aceptar, quizás peligrosamente, la idea o el sentimiento de que los orígenes de la narrativa son evidentes, que nada es más natural que contar una historia o organizar un grupo de acciones en un mito, un cuento, una épica, una novela. Sin embargo, la evolución de la literatura y de la conciencia literaria en el último medio siglo ha tenido, entre otros desarrollos afortunados, la de llamar nuestra atención sobre el aspecto singular, artificial y problemático del acto narrativo. Debemos recordar una vez más el impacto de Valery al considerar una afirmación como 'la marquesa salió a las 5 en punto'. Nos damos cuenta de la medida en que la literatura moderna, en diversas y a veces contradictorias formas, ha vivido e ilustrado esta fértil sorpresa, cómo se ha querido a sí misma y cómo, en su propio significado, se ha convertido en una interrogación, un impacto, una contestación del término narrativo. La pregunta falsamente naïve—¿Por qué narrativa?—debería al menos ser capaz de incitarnos a buscar o más simplemente a reconocer los límites negativos de la narrativa, a considerar los principales juegos de oposiciones a través de los cuales la narrativa se define y se constituye frente a diversas formas no narrativas.
Genette et al. (Thu,) estudiaron esta cuestión.