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Se examinó la capacidad de los niños para engañar con el fin de determinar si son capaces de ocultar intencionadamente su expresión emocional. Se instruyó a los niños de tres años para que no miraran un juguete mientras el experimentador salía de la habitación. Al ser preguntados, la gran mayoría o negó haber mirado o no respondió a la pregunta. La actividad facial y corporal no diferenciaba a los engañadores de los que decían la verdad. Los niños eran más propensos que las niñas a admitir su transgresión. Estos resultados indican que los niños muy pequeños han comenzado a aprender a enmascarar sus expresiones emocionales y apoyan el papel de la socialización en este proceso. El engaño es una actividad frecuente en la vida de los individuos. Puede tomar la forma simple de estar de acuerdo con alguien cuya opinión, de hecho, no compartimos (por ejemplo, decir que nos gusta el color de una corbata cuando no es así) u otras formas como mentir sobre una transgresión grave. El engaño también puede estar dirigido hacia uno mismo, como en el caso donde negamos tener un cierto sentimiento cuando, de hecho, nos sentimos así (Lewis, en prensa). Además, las culturas pueden tener reglas de exhibición que fomenten el enmascaramiento de emociones negativas (Ekman, Friesen, Izard, 1977). El engaño se puede observar en todos los grupos de edad, pero las preguntas sobre cuántos años debe tener un niño para poder engañar y cuán bien puede tener éxito en el engaño están en gran medida sin explorar.
Lewis et al. (Mon,) estudiaron esta cuestión.