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Los radicales libres son especies químicas (átomos, moléculas o iones) que contienen uno o más electrones desapareados en sus orbitales externos y generalmente muestran una notable reactividad. La evidencia de su existencia se obtuvo solo a principios del siglo XX. Los químicos gradualmente afirmaron la participación de los radicales libres en reacciones orgánicas y, a mediados del siglo XX, su producción en sistemas biológicos. Durante varias décadas, se pensó que los radicales libres causaban exclusivamente efectos dañinos. Esta idea fue respaldada principalmente por el hallazgo de que los radicales libres de oxígeno reaccionan fácilmente con todas las macromoléculas biológicas, induciendo su modificación oxidativa y pérdida de función. Además, se obtuvo evidencia de que, cuando en el organismo vivo, los radicales libres no son neutralizados por sistemas de defensas bioquímicas, se desarrollan muchas condiciones patológicas. Sin embargo, después de algún tiempo, quedó claro que los sistemas vivos no solo se habían adaptado a la coexistencia con radicales libres, sino que también habían desarrollado métodos para convertir estas sustancias tóxicas en una ventaja, utilizándolas en procesos fisiológicos críticos. Por lo tanto, los radicales libres desempeñan un papel dual en los sistemas vivos: son productos tóxicos del metabolismo aeróbico, causando daño oxidativo y disfunción tisular, y sirven como señales moleculares que activan respuestas al estrés beneficiosas. Este descubrimiento también cambió la forma en que consideramos los antioxidantes. Su uso se considera generalmente como útil para contrarrestar los efectos dañinos de los radicales libres, pero a veces es perjudicial, ya que puede bloquear respuestas adaptativas inducidas por niveles bajos de radicales.
Meo et al. (Fri,) estudiaron esta pregunta.