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Las interacciones entre humanos y máquinas que incluyen inteligencia artificial son cada vez más comunes en casi todas las áreas de la vida. Mientras tanto, los productos de IA están cada vez más dotados de características emocionales. Es decir, están diseñados y entrenados para provocar emociones en los humanos, reconocer emociones humanas y, a veces, simular emociones (EAI). La introducción de tales sistemas en nuestras vidas se encuentra con algunas críticas. Hay una intuición bastante fuerte de que hay algo incorrecto en apegarse a una máquina, en tener ciertas emociones hacia ella y en involucrarse en una especie de relación afectiva con ella. En este artículo, quiero abordar estas preocupaciones centrándome en el último aspecto: ¿en qué sentido podría ser problemático o incluso incorrecto establecer una relación emocional con los sistemas EAI? Quiero mostrar que las justificaciones para la intuición generalizada sobre los problemas no son tan fuertes como parecen a primera vista. Para hacerlo, discuto tres argumentos: el argumento de la autoengaño, el argumento de la falta de mutualidad y el argumento de la negligencia moral.
Eva Weber‐Guskar (Thu,) estudió esta cuestión.