RESUMEN: La mayoría de los académicos de nuevas religiones coinciden en que lo que se denomina “lavado de cerebro” no es una técnica efectiva de manipulación mental. Más bien, argumentan que el lavado de cerebro es una acusación levada para separar a los movimientos religiosos, sus miembros y líderes como ilegítimos. Este artículo excava la historia afectiva y emocional de las acusaciones de lavado de cerebro para entender mejor el trabajo de control social realizado por tales acusaciones. La atención a las corrientes afectivas y emocionales de las acusaciones de lavado de cerebro revela que estas no simplemente marcan negativamente a los movimientos y a los individuos a nivel del discurso: crean jerarquías sentidas de diferencia social que inspiran impulsos excluyentes o represivos viscerales. Este análisis sugiere que el poder de las acusaciones de lavado de cerebro para reorganizar el espacio social y las relaciones en él impide la utilidad analítica del término lavado de cerebro en el estudio de las religiones.
Joshua D. Urich (Sat,) estudió esta cuestión.
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