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La aterotrombosis ya no se considera únicamente un trastorno de acumulación de lipoproteínas en la pared arterial. Más bien, la iniciación y progresión de las lesiones ateroscleróticas se entiende actualmente que tiene influencias inflamatorias importantes que abarcan componentes tanto del sistema inmune innato como del adquirido. Datos clínicos prometedores para biomarcadores de inflamación ‘upstream’ como la interleucina-6 (IL-6), así como biomarcadores ‘downstream’ como la proteína C-reactiva, observaciones sobre cristales de colesterol como un activador del inflamasoma generador de IL-1β, y datos recientes de aleatorización mendeliana para el receptor de IL-6 respaldan la hipótesis de que los mediadores inflamatorios de la aterosclerosis pueden converger en la vía de señalización central de IL-1, factor de necrosis tumoral (TNF-α), señalización de IL-6. Sobre esta base, los enfoques antiinflamatorios emergentes para la protección vascular se pueden categorizar en dos amplios grupos, aquellos que se dirigen a la vía de señalización inflamatoria central de IL-6 y aquellos que no lo hacen. Actualmente se están llevando a cabo ensayos de fase III a gran escala con agentes que conducen a reducciones marcadas en IL-6 y proteína C-reactiva (como el canakinumab y el metotrexato), así como con agentes que impactan en diversas vías no dependientes de IL-6 (como el varespladib y el darapladib). Ambos enfoques tienen el potencial de beneficiar a los pacientes y reducir eventos vasculares. Sin embargo, se debe tener cuidado al interpretar estos ensayos, ya que los resultados para agentes que se dirigen a la señalización de IL-6 son poco informativos para terapias que se dirigen a vías alternativas, y viceversa. Dado que el sistema inflamatorio es redundante, compensatorio y crucial para la supervivencia, la evaluación de riesgos y beneficios debe guiar el desarrollo de agentes en esta clase.
Ridker et al. (Mon,) estudiaron esta cuestión.