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En vastas áreas del mundo, en el sudeste asiático, en Birmania, en India, en partes de Centroamérica, Sudamérica y África, 50 millones de mujeres traerán al mundo a sus hijos este año con dolor, como en los tiempos bíblicos antiguos, y expuestas a graves peligros. Como consecuencia, hoy, como siempre en el pasado, incontables cientos de miles de jóvenes madres sufren anualmente lesiones por parto; lesiones que las reducen al estado más extremo de miseria humana. Consideremos a estas jóvenes. Generalmente perteneciendo al grupo de edad de 15 a 23 años, y así al comienzo de sus vidas reproductivas, merecen más compasión incluso que los ciegos, porque los ciegos a veces pueden trabajar y casarse. Su desolación desciende por debajo de la de los leprosos, quienes, aunque marcados, lisiados y rechazados, aún pueden casarse y encontrar trabajo útil. Los ciegos, los lisiados y los leprosos, con lesiones obvias a la vista y, por lo tanto, conmovedoras para el corazón, son todos recordados y cuidados por grandes organizaciones benéficas, nacionales e internacionales. Constantemente en dolor, incontinentes de orina o heces, cargando un pesado peso de tristeza al descubrir que su hijo nació muerto, avergonzadas de una ofensiva personal repugnante, abandonadas por sus esposos, marginadas de la sociedad, desempleables excepto en los campos, viven, existen, sin amigos y sin esperanza. Debido a que sus lesiones son pudendas, afectando aquellas partes del cuerpo que deben permanecer ocultas y de las cuales una mujer no puede hablar fácilmente por modestia, soportan sus lesiones en silenciosa vergüenza. Ninguna organización benéfica llega a ser consciente de ellas. Su miseria es absoluta, solitaria y completa.
Wall et al. (Fri,) estudiaron esta cuestión.
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