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Esta revisión resume la evidencia de que la inflamación crónica de bajo grado provoca cambios que contribuyen al deterioro mental y físico de los pacientes con depresión mayor. La inflamación y la activación del eje hipotálamo-hipófisis por el estrés son componentes normales de la respuesta al estrés, pero cuando el estrés se prolonga y los sistemas endocrino e inmune se vuelven crónicos, resultando en la activación de los macrófagos periféricos, la microglía central y la hipercortisolcemia, las redes neuronales se dañan y se vuelven disfuncionales. Las citoquinas proinflamatorias, además de activar el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y por ende aumentar la síntesis de cortisol, también activan la vía del triptófano-kynurenina. Esto resulta en la síntesis del agonista neurotóxico del glutamato N-metil-D-aspartato (NMDA) ácido quinolínico y 3-hidroxiquinurenina, aumentando así el estrés oxidativo y contribuyendo a la neurodegeneración que caracteriza la depresión mayor, particularmente en la vejez. Si bien los antidepresivos atenúan algunos de los cambios endocrinos e inmunitarios causados por la inflamación, no todos los antidepresivos terapéuticamente efectivos lo hacen. Esto sugiere que los fármacos que se dirigen específicamente a los sistemas inmune, endocrino y de neurotransmisores pueden ser antidepresivos más efectivos. Por lo tanto, se considera la evidencia clínica preliminar de que algunos medicamentos antiinflamatorios no esteroides, como el inhibidor de la ciclooxigenasa 2 celecoxib, pueden mejorar la respuesta al tratamiento estándar con antidepresivos, y se realiza una evaluación crítica de las posibles limitaciones de tal enfoque para el desarrollo de nuevos antidepresivos.
Brian E. Leonard (Mon,) estudió esta cuestión.