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La Organización Mundial de la Salud (OMS) se refiere a la obesidad como una acumulación anormal o excesiva de grasa que presenta un riesgo para la salud. La obesidad fue designada por primera vez como una enfermedad en 2012 y desde entonces el costo y la carga de la enfermedad han experimentado un aumento preocupante. La obesidad y la hipertensión están estrechamente interrelacionadas, ya que la obesidad abdominal interfiere con los sistemas endocrino e inmune y conlleva un mayor riesgo de resistencia a la insulina, diabetes, hipertensión y enfermedad cardiovascular. Muchos factores juegan un papel entre la obesidad y la hipertensión. Estos incluyen alteraciones hemodinámicas, estrés oxidativo, lesión renal, hiperinsulinemia y resistencia a la insulina, síndrome de apnea del sueño y la vía de la leptina-melanocortina. La genética, la epigenética y los factores mitocondriales también desempeñan un papel importante. La medición de la presión arterial en pacientes obesos requiere un manguito adaptado y la búsqueda de otras causas secundarias es necesaria en umbrales más altos que en la población general. Las modificaciones en el estilo de vida, como la dieta y el ejercicio, a menudo no son suficientes para controlar la obesidad, y hasta ahora, la cirugía bariátrica constituye el método más confiable para lograr la pérdida de peso. No obstante, la aparición de nuevos agentes como Semaglutida y Tirzepatida ofrece alternativas prometedoras. Finalmente, se están explorando activamente varias vías moleculares y deberían extender significativamente las opciones de tratamiento disponibles.
Meouchy et al. (Fri,) estudiaron esta cuestión.
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