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Se ha logrado un progreso tremendo en la caracterización de las interacciones bidireccionales entre el sistema nervioso central, el sistema nervioso entérico y el tracto gastrointestinal. Una serie de estudios preclínicos provocativos han sugerido un papel destacado de la microbiota intestinal en estas interacciones intestino-cerebro. Basado en estudios utilizando roedores criados en un ambiente libre de gérmenes, la microbiota intestinal parece influir en el desarrollo del comportamiento emocional, los sistemas de modulación del estrés y el dolor, y los sistemas de neurotransmisores cerebrales. Además, las perturbaciones de la microbiota por probióticos y antibióticos ejercen efectos moduladores en algunas de estas medidas en animales adultos. Las evidencias actuales sugieren que múltiples mecanismos, incluyendo vías endocrinas y neurocrinas, pueden estar involucrados en la señalización de la microbiota intestinal al cerebro y que el cerebro puede, a su vez, alterar la composición y el comportamiento microbiano a través del sistema nervioso autónomo. Hay información limitada sobre cómo estos hallazgos pueden trasladarse a humanos sanos o a estados patológicos que involucren el cerebro o el eje intestino/cerebro. La investigación futura debe centrarse en confirmar que los hallazgos en roedores son traducibles a la fisiología humana y a enfermedades como el síndrome del intestino irritable, el autismo, la ansiedad, la depresión y la enfermedad de Parkinson.
Mayer et al. (mar.) estudiaron esta cuestión.