Los puntos clave no están disponibles para este artículo en este momento.
Un estribillo persistente tanto en la literatura académica como en la prensa popular es que el cibercrimen es una actividad en gran parte anónima que existe en el ciberespacio (por ejemplo, Gabrys, 2002. Para discusiones relevantes, ver Grabosky, 2004; Wall, 2007; Lusthaus, 2013). Los cibercriminales ‘se encuentran’ anónimamente en mercados virtuales (ver, por ejemplo, Holt y Lampke 2010; Décary-Hétu y Dupont, 2013; Hutchings y Holt, 2015). Atacantes oscuros podrían atacar desde cualquier lugar en cualquier momento. Son un nuevo tipo de amenaza, diferente a cualquier actividad criminal que se haya observado antes. En resumen, estos delincuentes desafían los paradigmas existentes del crimen y la policía, y se requieren modelos completamente nuevos para comprender este nuevo desafío. En este artículo, buscamos añadir mayor matiz a las comprensiones del cibercrimen al resaltar un aspecto descuidado del fenómeno: la dimensión fuera de línea y local. Como punto de partida, es vital reconocer que todos los ciberataques provienen de una persona que existe físicamente en una cierta ubicación. Esta consideración básica nos ayuda a entender, investigar y contrarrestar mejor el cibercrimen. Contextualiza la amenaza. Debemos esperar un grado de variación en cuanto a cómo se presenta el cibercrimen en cada caso. Las dinámicas económicas y sociales de diferentes entornos probablemente influirán en quién se involucra en el cibercrimen, qué tipos de cibercrimen llevan a cabo y la forma en que están organizados. En resumen, tanto los individuos detrás del cibercrimen como los mundos fuera de línea que habitan merecen estudio. La ciberseguridad no debería tratarse solo del análisis de amenazas técnicas que cambian rápidamente y los desafíos que plantean. Junto a lo en línea y lo técnico, hay un elemento fuera de línea, humano y contextual que importa.
Lusthaus et al. (Tue,) estudiaron esta cuestión.