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Para sus tubos radiográficos, el radiólogo requiere el foco más pequeño posible y la mayor salida posible. De este modo, obtiene la definición más nítida en el tiempo de exposición mínimo. Sin embargo, para cada tamaño de foco, la Naturaleza solo permite una carga máxima determinada. Esto depende del área de la superficie focal; la duración de la carga y también la construcción del ánodo. Una carga de 200 vatios por milímetro cuadrado de área focal durante un período de un segundo es la máxima permisible para un ánodo de tungsteno y cobre correctamente diseñado. Cualquier carga mayor resultará inevitablemente en la evaporación o incluso en la fusión del ánodo. Aumentar la capacidad de carga al ampliar el punto focal no resulta en ninguna ventaja real, ya que para preservar la misma nitidez de definición, un foco más grande implica el uso de una mayor distancia foco-película. Para minimizar el tiempo de exposición, esto a su vez significa una carga relativamente mayor. Es evidente, por lo tanto, que el progreso solo es posible haciendo que el ánodo sea móvil, y de tal manera que el punto focal permanezca estacionario, como por ejemplo, mediante la rotación del ánodo. La idea de un ánodo móvil no es en absoluto nueva y data de 1897. En “La Revue Scientifique et Industrielle de l'Annee 1898-99” encontramos que J. L. Breton describe un tubo con un ánodo capaz de rotar durante la carga.
W. Gray (Tue,) estudió esta cuestión.