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Desde su descubrimiento a principios del siglo XX, los antibióticos se han utilizado como la principal arma contra las infecciones bacterianas. Debido a su efecto profiláctico, también se utilizan como parte del cóctel de fármacos administrados para tratar enfermedades complejas como el cáncer o durante la cirugía, con el fin de prevenir infecciones. Esto ha resultado en una disminución de la mortalidad por enfermedades infecciosas y un aumento en la esperanza de vida en los últimos 100 años. Sin embargo, como consecuencia de la administración amplia de antibióticos a la población y, a veces, su mal uso, han aparecido bacterias resistentes a los antibióticos. La aparición de cepas resistentes es una amenaza global para la salud de la humanidad. Bacterias altamente resistentes como Staphylococcus aureus (resistente a meticilina) o Enterococcus faecium (resistente a vancomicina) han llevado a complicaciones en unidades de cuidados intensivos, aumentando los costos médicos y poniendo en riesgo la vida de los pacientes. La aparición de estas cepas resistentes junto con la dificultad para encontrar nuevos antimicrobianos ha alarmado a la comunidad científica. La mayoría de las estrategias actualmente empleadas para desarrollar nuevos antibióticos apuntan hacia enfoques novedosos para el diseño de fármacos basados en profármacos o diseño racional de nuevas moléculas. Sin embargo, dirigir procesos bacterianos cruciales por estos medios seguirá creando presión evolutiva hacia la resistencia a los medicamentos. En esta revisión, discutimos la resistencia a los antibióticos y nuevas opciones para el descubrimiento de antibióticos, enfocándonos en particular en nuevas alternativas que buscan desarmar a las bacterias o empoderar al huésped para evitar el inicio de la enfermedad.
Monserrat‐Martinez et al. (Wed,) estudiaron esta cuestión.
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