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La investigación ha demostrado que las primeras impresiones y los estereotipos pueden influir en las interacciones sociales de maneras que conducen a su confirmación conductual, incluso hasta el punto de hacer que impresiones erróneas se conviertan en reales (Darley Rosenthal, 1973; Rosenthal Snyder & Swann, 1978). En un estudio, por ejemplo, Snyder, Tanke y Berscheid (1977) investigaron el proceso de confirmación conductual del estereotipo asociado con la atractividad física. Sus resultados revelaron que los hombres formaban impresiones iniciales más favorables de las personas objetivo femeninas cuando se les hacía creer que la persona objetivo era físicamente atractiva que cuando pensaban que era poco atractiva. Consistente con estas primeras impresiones, las mujeres que interactuaban con hombres que creían que eran atractivos empezaron a comportarse de una manera más socialmente deseable que las mujeres que conversaban con compañeros que creían que eran poco atractivos. Así ocurrió una profecía autocumplida (ver Jones, 1977). Snyder et al. concluyeron que los percibenores masculinos utilizaban diferentes estilos de interacción para los dos grupos de objetivos. Estos comportamientos, a su vez, guiaron y restringieron las opciones conductuales de las mujeres objetivo de manera que las llevó a conformarse con las impresiones iniciales de los hombres.
Sibicky et al. (mar), estudiaron esta cuestión.
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