El montaje de Sarah Kane, el último comisionado por Lluís Homar al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, y llevado a cabo por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, es un elocuente ejemplo de la distancia que puede abrirse entre el planteamiento intelectual, teórico y artístico, y el propio oficio teatral, ceñido a unas normas materiales, físicas y cognitivas. La popular comedia de enredo de Tirso de Molina, Don Gil de las calzas verdes, es famosa por la complejidad de su trama. Su protagonista femenina, doña Juana, para hacer cumplir a don Martín su promesa de matrimonio, urde un elenco de personalidades alternativas: primero, como ella misma, después como don Gil (de las calzas verdes), y finalmente, como doña Elvira. Esta intriga dramática da lugar a una presencia triplicada basada en la convención del uso de disfraz, la cual permite enmarañar aún más el enredo que el espectador tiene que seguir y descifrar.Debido al número fijo de actores de “la joven,” una limitación física que las compañías han enfrentado y siguen enfrentando, la directora decidió repartir el triple papel entre tres actrices a fin de que ninguna de ellas quedara fuera del montaje. Es esta una decisión valiente, y sobre todo loable cuando se analiza a la luz de la aproximación pedagógica que Sarah Kane adoptó a la hora de dirigir el montaje de la JCNTC. La justificación racional es fácil de defender, cuando cada doña Juana, tanto como ella misma, como don Gil, o como doña Elvira, construye, en efecto, un personaje completamente distinto, en sus diferentes alter egos. A nivel filosófico, el disfraz convierte en otra persona (y más aún sobre las tablas), y tras la máscara de la performance vital todos somos otros. Pero, al nivel de intelección de la trama por parte del público, al nivel dramático, la puesta en escena se resiente y pierde coherencia. Se diluye la comprensión, y se debilita la técnica dramática del disfraz, tan querida por los autores áureos. Con esta solución salomónica, también se atenúa el muy serio sustrato del travestismo de mujer a hombre en el Siglo de Oro en la ocupación de determinados espacios. Más notoria es aún la dificultad de lograr la identificación emocional del espectador con doña Juana y su peripecia. No vemos a una mujer ingeniárselas y tener que cambiar de vestimentas y de personalidad de manera precipitada para conseguir su objetivo, probando así su agudeza. No, vemos a tres actrices diferentes, a tres personas diferentes, a tres personajes diferentes, cada una en su registro y según sus posibilidades, afrontando el admirable reto interpretativo que supone encarnar versiones distintas de un mismo personaje. Este meritorio esfuerzo colectivo de las actrices en diferenciar matices en cada alter ego, desafortunadamente acaba derivando en que sus objetivos en cada escena no terminan de fusionarse en el objetivo fundamental de doña Juana, lo que otorga cierto tono irregular al montaje.Según fuentes de la CNTC, Sarah Kane ocupó gran parte de los ensayos en poner en práctica la enseñanza del método actoral de Michael Chejov, en el cual es experta. Esta oportunidad ha supuesto una aportación innovadora para la CNTC, conectando a los intérpretes con un influyente método de actuación y, en este caso, una oportunidad formativa poco habitual para los jóvenes actores. Para llevar a cabo estas enseñanzas, Kane se centró exhaustivamente en las formas, las atmósferas y los personajes, lo que le llevó a contar con menos tiempo para lo que es el trabajo del montaje en sí, siempre según declaraciones de los responsables de la CNTC.Este Don Gil presenta ciertas carencias y también algunas reiteraciones. Entre las primeras, las ya citadas identificación emocional y coherencia. Entre las segundas, sirva como ejemplo el hecho de que don Martín, angustiado por la presencia ausente de doña Juana, califique a esta de espíritu, lo que da lugar a que la actriz encargada de esa identidad primigenia, mientras sus otros yo disfrazados hacen de las suyas, deambule por el escenario, efectivamente, como un alma en pena vestida de blanco. Un espíritu errante encargado además de los cambios de escenografía, lo que incluye traer y sacar sillas del escenario.De nuevo, según declaraciones desde la CNTC, la directora quiso gran presencia de las gasas en escena para hacer la experiencia más etérea y fluida. De ahí que el vestuario se base en ese tipo de tejido, encarnado en preciosos vestidos, que, no obstante, contrastaban con la pesada, compacta, imponente estructura escénica, de grandísima versatilidad e inteligente configuración, cuyos giros y aberturas varias propician los diferentes espacios, aunque alejados de la inestabilidad estética del barroco y de la inestabilidad propia de un texto de este tipo. Si el diseño del vestuario es destacable, las combinaciones cromáticas resultan más discutibles, pues diferentes personajes lucían idénticos vestidos de colores sólidos que jugaban con una paleta de colores invertidos entre sí. Si una dama llevaba un vestido rosa y un chal amarillo, la otra llevaba el vestido amarillo y el chal rosa. Desde el plano de vista teórico, se trata de una perspectiva inteligente que establece relaciones semánticas entre los personajes; una clara intención de experimentar con un lenguaje visual propio. Sobre las tablas, tal planteamiento resultaba denso, monótono, sin recovecos, lo que restaba parte de la efervescencia propia de la comedia de enredo. Cabe señalar que el diseño de iluminación, muy colorido, pero ensombrecido, al empastar los colores, sobre todo al principio de la representación, hizo difícil distinguir quién vestía de azul y quién de verde, y en la escena final, cuando aparecen los cuatro giles, el color verde no resultaba en absoluto evidente, atenuando así el efecto del clonado personaje. Una vez más, según información de la CNTC, los colores fueron elegidos por los responsables según una serie de significados que, lamentablemente, el espectador desconoce, volviendo de nuevo a la distancia citada al principio de esta reseña.Los actores, todos ellos excelentes, dentro de la libertad extrema que les dio Kane para construir sus personajes, hacen lo que pueden para mantener esa vivacidad en escena; a veces de manera algo desbordada, con voces rasgadas, hasta el punto de que uno de los intérpretes tiende con frecuencia a inclinar el torso hacia delante para intensificar la emoción, un gesto que puede recordar a los actores primerizos, cosa que ninguno lo es en este Don Gil. Los apartes intentan clarificarse paralizando la acción mientras el personaje habla al público bajo una luz localizada, lo que, si bien funciona sobre el papel y tiene un gran efecto las primeras veces, debido al numeroso número de apartes en estas obras, acaba convirtiéndose en un recurso reiterativo y poco fluido.No pasa desapercibida la decisión de mostrar a don Martín como un hombre inseguro y algo ridículo, rompiendo con el tipo del galán, lo que entronca con una lectura contemporánea que genera debate sobre los roles masculinos y femeninos. Sin embargo, como espectadores, si ya cuesta creer que una mujer como doña Juana haya tenido nunca interés alguno en el galán original de la obra, con este don Martín, tan falto de donaire, el final feliz de las parejas formadas parece más un castigo poético para la protagonista que otra cosa. Que, si bien es verdad que el personaje, a nivel individual, se presta a ello, la pregunta siempre será ¿cuál es el efecto en el total del montaje? Mención especial a Pascual Laborda, quien en el papel de padre de doña Inés, don Diego, compone un personaje brillante, en su justo medio en todos los aspectos.Contemplar este Don Gil nos dejó con una sensación de ocasión en parte desaprovechada. Los profesionales eran todos de gran nivel, huelga decirlo, y sobre el papel todo funcionaba. El montaje ofrece momentos de frescura, dinamismo y humor, y no cabe duda de que los espectadores pasaron un buen rato. Sin embargo, este resultó ser un Don Gil con calzas de color verde mustio, que el tiempo decidirá si se convertirá en fantasmagórico en la memoria como fantasmagórica fue su doña Juana.
Alejandra Juno Rodríguez Villar (Fri,) studied this question.