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Para los científicos políticos y encuestadores, la forma en que el individuo votó en ocasiones anteriores proporciona una fuente importante de datos. En ausencia de estudios longitudinales, el recuerdo del voto pasado tiende a considerarse equivalente al voto real emitido. ¿Qué tan preciso es ese recuerdo? ¿Hasta qué punto disminuye la precisión con el tiempo, cuando el recuerdo se refiere no a una, sino a dos elecciones anteriores? ¿En qué medida los errores introducen un sesgo sistemático en las conclusiones extraídas de esos datos?
Himmelweit et al. (Sat,) estudiaron esta cuestión.