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Siguiendo el estudio clásico de Lindemann (1944) sobre las diversas formas y posibles resultados de la reacción al duelo, se realizó poco trabajo sistemático en este campo hasta la última década. Marris (1958), en un estudio reflexivo pero no controlado, entrevistó a 72 viudas cuyos esposos habían fallecido al menos 11 meses antes, siendo el tiempo medio transcurrido entre el duelo y la entrevista de dos años y dos meses. Solo 14 de sus sujetos se consideraron completamente recuperados; 31 reportaron un deterioro duradero en su salud, y 57 reportaron una dificultad continua con el sueño. Más recientemente, Parkes (1964a), en un estudio de pacientes admitidos en un hospital psiquiátrico, ha demostrado que el número de pacientes cuya enfermedad siguió a la muerte de un cónyuge fue seis veces mayor de lo esperado, sugiriendo que el duelo debe ser un factor causal en el desarrollo de la enfermedad. También ha mostrado (Parkes, 1964b) que las viudas menores de 65 años consultaron a su médico de cabecera debido a síntomas psiquiátricos más de tres veces con mayor frecuencia durante los seis meses posteriores al duelo que durante un periodo de control anterior al duelo. La tasa de consulta por síntomas no psiquiátricos aumentó en casi la mitad tanto en viudas mayores como jóvenes.
Maddison et al. (Sun,) estudiaron esta cuestión.
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