La presente obra reúne a algunos de los más granados investigadores de los estudios hispánicos, y se integra como una contribución relevante a los Routledge Companions to Hispanic and Latin American Studies. Como otros volúmenes de la serie, este presenta un doble objetivo: por un lado, brindar al campo académico un estado de la cuestión exhaustivo y actualizado, revisando tendencias críticas recientes y discursos teóricos consolidados; y por otro ofrecer a un público más amplio de estudiantes avanzados una introducción a los aspectos clave de los estudios hispánicos y latinoamericanos. Centrado en los siglos XVI y XVII, el volumen que coordinan Rodrigo Cacho Casal y Caroline Egan propone un abanico de acercamientos a cuestiones políticas, científicas, literarias, musicales, ideológicas, religiosas, sexuales e identitarias, cuyo entrecruzamiento define por esbozos sucesivos la intrincada red cultural, social y política del periodo. En cuanto a su enfoque, el volumen prolonga la línea de investigación que, desde los años setenta, ha ampliado la mirada crítica al estudiar las relaciones entre literatura y su contexto histórico concomitante, retomando, si bien con la decidida voluntad de ampliarla y matizarla, la línea historicista crítica que en España trabajaron Domínguez Ortiz o Maravall y también la del neohistoricismo de Greenblatt, que en años más recientes han cultivado en España autores como Nieves Baranda, García de la Concha, Ignacio Arellano, García Aguilar, Gómez Canseco, María Martos o Ruiz Pérez. Ya desde el título (Early Modern Spanish Culture and Literature) el criterio de selección y de ordenación pone de manifiesto un interés por dar cuenta de las muchas y distintas dimensiones que afectan de manera solidaria a la comprensión global del periodo. Esta variedad de enfoques posee sin embargo unidad de propósito que brinda coherencia global al libro, el cual se propone la revisión de mitos historiográficos tales como la “leyenda negra”, el propio marbete “siglo de oro”—abandonado por “early modern Spain”, a pesar de algunas resistencias internas—o las construcciones angélicas y autocomplacientes que el nacionalismo empleó para justificar su visión del Estado burgués durante el siglo XIX. Esta postura crítica es una constante unificadora del volumen, adhiriéndose a la línea que, teniendo a Hayden White o David Perkins como teóricos seminales, es hoy objeto de investigación por parte de autores como Aradra Sánchez, Comellas, Pérez-Isasi o Pozuelo Yvancos.La obra consta de una introducción a cargo de Rodrigo Cacho Casal y de treintaiséis capítulos agrupados en ocho secciones temáticas. Cada una de estas aparece rotulada con tres palabras clave separadas por comas.La parte primera, rotulada “Kingdom, empire, world” se abre con un capítulo de Thomas James Dandelet donde se explora la cultura política de la España de la modernidad temprana y las bases teóricas clásicas que la subyacían e informaban, y se destaca cómo el modelo del emperador romano se convirtió en horizonte simbólico para los monarcas españoles. El segundo capítulo de la sección, a cargo de Pilar Ponce Leiva y de Amorina Villarreal Brasca, toma como caso de estudio la administración americana para desafiar la concepción que concebía el imperio español como una entidad monolítica con un centro y una periferia, conceptuándolo en cambio como un cuerpo “policéntrico” cuyas partes se habrían encontrado en perpetua comunicación, integración dinámica y negociación constante (31). Los dos capítulos que siguen impugnan la tendencia consolidada desde el siglo XIX a trazar la historia nacional atendiendo solo a los territorios de la metrópolis (48). De un lado, Alejandro Cañeque mira al continente asiático e ilustra las rivalidades territoriales entre las Coronas española y portuguesa y de sus órdenes religiosas afines durante la expansión hacia la isla de Japón. De otro, la sección se cierra con la aportación de Elizabeth B. Davis, quien propone la revisión de un género que, por su carácter extrafronterizo, ha quedado fuera del canon: la relación de sucesos en alta mar.La segunda parte, rotulada “Knowledge, capital, control”, se abre con un capítulo de Antonio Sánchez Jiménez quien, tras presentar el clima de efervescencia científica del periodo, estudia los fenómenos epistémicos asociados con las prácticas científicas de las comunidades ibéricas, poniendo especial atención en el campo de la cosmografía, la cartografía y la cultura marítima del periodo. Después, José Ramón Marcaida introduce la obra de historia natural de Juan Eusebio Nieremberg, y, aprovechando el motivo del ave del paraíso como clave de lectura, explora aspectos importantes de este ramo de estudios durante los siglos XVI y XVII. Sigue el valiosísimo capítulo de María José Vega, donde se propone matizar las visiones habituales sobre los procesos de censura, expurgo y lectura institucional en la Europa postridentina. La autora estudia el Index Expurgatorius librorum (1571) de Arias Montano, situándolo en relación con los intereses contrapuestos de la Corona austríaca y Roma, en el agitado marco de tensiones e incertezas surgidas en los años inmediatamente posteriores al Concilio. Por último, Elvira Vilches pasa revista de los hábitos financieros durante el periodo y la aclimatación de las prácticas crediticias a suelo ibérico, indagando sobre el modo en que estas fueron recibidas, asimiladas e interpretadas en el campo cultural.La parte tercera (“Classicisms, tradition, invention”) la encabeza un capítulo de Roland Béhar que estudia la fortuna crítica del término “clásico” en la historiografía española, destacando cómo su uso entraña una concepción de la realidad histórica como sucesión de periodos de restauración y decadencia que hay que leer en clave a la vez estética, moral y política (154). El capítulo funciona conceptualmente como una cabecera para el que sigue, a cargo de Antonio Gargano, de corte erudito e intratextual, en línea con acercamientos más tradicionales a la materia. Partiendo del carácter modélico o “clásico” de Garcilaso, desarrolla su trayectoria poética poniendo especial énfasis en revelar la interacción formal y conceptual con sus fuentes castellanas, italianas y clásicas. Además, Gargano defiende la oportunidad de entender la modalidad poética del canzoniere como un posible modelo macrotextual en el que situar las coordenadas teóricas del concepto del amor en el poeta (170–171). En el tercer capítulo de esta sección, Anne Holloway aborda el “modo pastoril”, en un estudio que rastrea las apariciones y reapariciones de la recurrente figura de Amarilis desde Virgilio, deteniéndose en la producción renacentista, con especial atención a la obra de Lope de Vega y a su relación literaria con la “Amarilis” que firma la “Epístola a Belardo” desde el Perú virreinal. En el siguiente capítulo, Lara Vilá relaciona el desarrollo de la épica en castellano con los cambios en torno a la concepción del soldado y la guerra en la Corona española durante el siglo XVI. Los autores se irían alejando paulatinamente de los recursos caballerescos y cortesanos que la habían caracterizado durante la Baja Edad Media, en pro de cierto carácter “historiográfico”, patriótico y verista, transitando del modelo de Ariosto al de Tasso (197). De manera complementaria, Daniel Gutiérrez Trápaga examina los rasgos de la novela caballeresca en suelo castellano durante la modernidad temprana, abarcando desde cuestiones extratextuales (como la factura material y la práctica de publicar en ciclos) hasta los motivos recurrentes y temas convencionales. Por último, Valentín Núñez Rivera estudia el género breve de la novella, pasando revista de los autores previos a Cervantes, con especial atención a Pedro Salazar, para luego poner en contexto la famosa declaración cervantina de haber sido el primero en novelar en lengua castellana.La cuarta parte (“Language, wit, modernity”) se abre con una aportación de Jeremy Robbins que examina los tratados estilísticos de Sarbiewski, Gracián y Tesauro para proponer una conceptualización del “ingenio” como una verdadera mentalidad de época, que desbordaría el ámbito estrictamente literario, pues sus mecanismos simbólicos impregnarían el propio acto de mirar y de comprender la realidad. Sigue un capítulo de Mercedes Blanco donde se advierte sobre cómo los perjuicios contra los imitadores de Góngora han enturbiado la comprensión del gongorismo en nuestros días y desarrolla la influencia que tuvo el autor cordobés durante el siglo XVII en España y México, para lo que estudia el personalísimo juego de alusiones gongorinas presente en dos poemas de Sor Juana Inés de la Cruz. Después, sigue un capítulo de Caroline Egan sobre glotopolítica, donde se problematiza la figuración de la lengua como “compañera del Imperio”, centrándose en la importancia que el recurso de la prosopopeya jugó en las alusiones a las lenguas vernáculas, particularmente cuando se empleaban para definirlas en contraposición a las lenguas clásicas. Tras esto, siguen dos capítulos que rastrean las relaciones entre literatura y sociedad en obras de ficción en prosa. Robert A. Folger estudia el Lazarillo de Tormes (1554) y La vida y hechos de Estebanillo González (1614) tomando como clave hermenéutica las estrategias de self-fashioning de las relaciones de méritos y servicios. Cierra la sección el capítulo de Gómez Canseco donde se examinan los discursos sociales y políticos que se entrelazan con la parodia en el Don Quijote (1605), y marca las distancias ideológica que establecerá la continuación de Avellaneda con el modelo cervantino en cuanto a sus relaciones con el poder.La quinta sección (“Drama, performance, audience”) se abre con un capítulo de Laura R. Bass sobre la codificación y la institucionalización del teatro madrileño a partir de su designación como Corte permanente, y a través de la lectura de Don Gil de las calzas verdes (1615) estudia el papel central que jugaron las tablas como instrumento para la representación de la baja nobleza en la comedia urbana. Tras ello, Florence D’Artois sigue la contemporánea línea de estudios que sitúa a los autores dramáticos en relación con las preceptivas clásicas. Estudia la producción de las emociones en la producción trágica de Lope de Vega en cotejo con la Poética de Aristóteles para ilustrar el cambio de tendencia del subgénero respecto a los tiempos de Felipe II. Siguen otros dos capítulos de gran afinidad temática: por un lado, Fausta Antonucci matiza algunas asunciones fosilizadas de la obra de Calderón, que relacionan su figura de forma simplista con la del “poeta de la Contrarreforma” (358). Antonucci interpreta la producción trágica de Calderón en relación con la Poética aristotélica, buscando reconstruir los códigos formales y culturales imperantes en su momento para presentar una visión matizada de la obra (366). Cierra la sección la contribución de Sofie Kluge, que ilustra el procedimiento alegórico presente en los autos sacramentales de Calderón, presentándolos no como meros reflejos de ideología tridentina, sino como manifestación de una visión esencialmente simbólica.La sexta sección (“Visual culture, music, arts”) se abre con un capítulo de Marta Cacho Casal, quien, tomando como caso de estudio el Pintor pobre (Studio Scene o The Picture Seller) (ca. 1670) de José Antolínez, estudia la iconografía de la autorrepresentación artística en círculos ajenos a los ámbitos áulicos o religiosos. Sigue Kelly Helmstutler Di Dio, quien apoyándose en inventarios de esculturas presenta un panorama donde se desafía la tendencia general a conceptualizar el desnudo durante la Contrarreforma como un material altamente restringido y solo disponible para una pequeña audiencia, matizando los gustos en cuanto a coleccionismo y disfrute visual de la modernidad temprana española. Tras esto, Fernando Marías emprende una crítica contra la influencia que el pensamiento nacionalista decimonónico ha tenido en el campo de la historiografía arquitectónica, para cuyo remedio impugna el uso simplificador del término “mudéjar” e identifica las influencias europeas presentes en la arquitectura española desde el siglo XIII. El campo de la visualidad da paso al último capítulo de la sección, dedicado a la música urbana. A cargo de Tess Knighton, se estudia la función social de la música durante los siglos XVI y XVII en España y el modo en que esta era interpretada y percibida en el tráfago diario de las ciudades.La séptima parte (“Faith, race, community”) la encabeza la contribución de Arantza Mayo, quien estudia las prácticas devocionales cristianas desde un punto de vista socioeconómico y cultural, dando relieve a su carácter a menudo performático. Después, Valentina Nider examina la literatura surgida con objeto de la diáspora sefardí a Portugal, centrándose en la producción de Antonio Enríquez Gómez y de José de la Vega. Sigue un artículo de Trevor J. Dadson, dedicado a la memoria de Louis Patrick Harvey, uno de los máximos especialistas en el llamado Mancebo de Arévalo, cuya obra se emplea como punto de partida para ilustrar las especificidades regionales y locales de la identidad morisca. El siguiente capítulo, a cargo de Erin Kathleen Rowe, se vale de la comedia de Lope El santo negro de Rosambuco (1612) y el prefacio al Austrias Carmen de Juan Latino (1571) para examinar las experiencias y prejuicios asociados a la identidad cultural de la población afrodescendiente en España. Por último, el capítulo de Richard J. Pym da cuenta de las distancias que mediaban entre las leyes y la realidad jurídica de la España de los siglos XVI y XVII, al estudiar a través de varios archivos los repetidos informes y disposiciones de expulsión del pueblo gitano, frente a las dificultades prácticas de aplicación que se verificaban sobre todo en entornos rurales.La parte octava (“Gender, sexuality, conflict”), dedicada a los estudios de género y a las sexualidades disidentes durante los siglos XVI y XVII, la encabeza el trabajo de Margaret E. Boyle, quien estudia el papel de la mujer como administradora fuera del contexto de la reginalidad a través de la vida y obra de Cecilia Morillas (1539–1581) y la Madre Magdalena de San Jerónimo (1550s–1615s). Tras ello, Sherry Velasco propone un acercamiento a los documentos civiles e inquisitoriales que perseguían las relaciones sexuales entre mujeres. Frente a la tradicional búsqueda “de los actos ilícitos”, emplea una panoplia de testimonios auditivos, y de escritos médicos, jurídicos y religiosos para perfilar el modo en que la sociedad definía y conceptualizaba la identidad lesbiana. A continuación, Sidney Donnell traza una muy completa introducción crítica donde se describe la evolución en los últimos años en cuanto al modo de interpretar las representaciones culturales masculinas, destacando la productividad de aplicar las metodologías queer y feminista a los campos de la historia cultural y de la crítica literaria. Como pasando de la teoría a la práctica, en el último capítulo Cristian Berco emplea documentación inquisitorial para examinar y contextualizar el deseo homoerótico masculino durante el siglo XVII, y da cuenta de las estrategias que distintos hombres queer empleaban para dar cauce a la expresión del deseo a la vez que circunvalaban las represiones legales.El volumen examina y amplía los límites del hispanismo de la temprana modernidad española a través de varias líneas. Revisa los mitos críticos presentes en la historiografía literaria y cultural, correspondientes en muchos casos con grandes narrativas históricas. Sin embargo, la armonización de materiales tan disímiles supone un desafío difícil de capear. En concreto, aunque la organización por secciones encabezadas por palabras clave permite un rico diálogo entre estudios por lo general muy afines, se echa de menos algún tipo de introducción más amplia o unas conclusiones globales donde se ensayase una posible síntesis de conceptos recurrentes en varias secciones diferentes del libro, como el self-fashioning de Greenblatt o la monarquía policéntrica de Cardim, que aparecen a veces en puntos lo bastante alejados como para ensordecer las resonancias entre los contextos a los que se aplican. En cualquier caso, otro punto favorable de la obra es el carácter propositivo de sus capítulos. De forma general, no se limitan a introducir elementos de confusión para disolver las formaciones críticas tradicionales, sino que construyen interesantes aportaciones sobre lagunas de investigación, ya sea ensayando nuevas metodologías desde las que aproximarse a documentos históricos y literarios (Boyle, Knighton, Vega, Velasco, etc.), rescatando autores o grupos preteridos (M. Cacho Casal, Rowe, Pym . . .), o recomponiendo los mecanismos y códigos culturales del periodo para obtener una visión más cabal de la realidad literaria (Blanco, Gómez Canseco, Robbins, D’Artois, Antonucci, etc.), social, económica o política (Egan, Sánchez-Jiménez, Vilches . . .). A este punto hay que sumar el carácter internacional no solo de los colaboradores, sino también de la bibliografía que manejan. En todos los capítulos se hace dialogar un nutrido número fuentes bibliográficas tanto clásicas como contemporáneas en distintas español e también e de que la de los de estudio no en el de las el la y la de las en este volumen una visión muy completa de los siglos XVI y XVII en España. El diálogo entre las una red de y de gran coherencia y que la doble de las asunciones críticas que las de a la vez que abre interesantes para la investigación The Routledge Hispanic to Modern Spanish Culture and con los una tanto para el como para el en el campo de
Ioannis Mylonás-Ojeda (Sun,) studied this question.
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